Al fin, llegó a una página en blanco. La última página del cuaderno. Con un suspiro, alargó la mano hasta el radiocasete que tenía en sus pies y pulsó Play. Una música invadió la habitación. Sin temblor y con determinación, posó la pluma sobre el papel, y la deslizó con armonía, escribiendo palabras con una caligrafía exquisita, al son de la canción que sus oídos escuchaban. Sonrió. Se la veía feliz y concentrada en su trabajo. Hizo una pausa para alzar la cabeza y mirar a través del cristal de la ventana, una vez más. Sonrió aún más y retomó su escritura con mayor ilusión que antes.
La sinfonía todavía no había terminado cuando la anciana cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa lentamente, al igual que la pluma. Luego apoyó las manos sobre los brazos de la silla y echó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Su mente se volcó completamente en la música, lo que le provocó una inmensa sensación de paz y armonía.
Poco a poco, la intensidad de aquella canción se fue apagando. Era como si se alejara de ella, como si alguien hubiera cogido el radiocasete y estuviera huyendo con él. Pero aquello no la asustó en absoluto. Ella se dejó llevar. Y sonrió.
La última nota de la canción marcó el final. La mano de la anciana resbaló del brazo de la silla y quedó colgando, balanceándose ligeramente de un lado a otro.
Ana C.
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