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domingo, 31 de mayo de 2015

No somos valientes




No, la gran mayoría de nosotros no somos valientes. La gran mayoría de nosotros no va a hacer lo que realmente le gusta por miedo a ser juzgado. La gran mayoría de nosotros no va a decir lo que realmente piensa por temor a ser ridiculizado. La gran mayoría de nosotros no va a luchar por algo por miedo a fracasar, por miedo a hundirse, por miedo a tener que lidiar para el resto de su vida con el dolor de no haber alcanzado su deseo.

Pero, ¿es culpa nuestra? ¿O son los demás quienes nos presionan? Esa es una dura cuestión cuando te la planteas. Tal vez, si lo miras bien, nuestro dolor puede depender del exterior. Ya no solo de la sociedad en la que nos encontramos, si no que con una sola persona nos vale para sentir dolor. Dolor a un rechazo, dolor a un juicio, dolor a un pensamiento que no podemos leer. Y por eso no nos lanzamos. No somos valientes.

Pero, al fin y al cabo, la sociedad no sólo es el exterior. Nosotros también formamos parte de ella. Nosotros también somos un ladrillo de su fachada. Y parece que muy poca gente se da cuenta de ello. Parece que eso de la "sociedad" es completamente ajeno a su yo.

Por ello, si no se quiere ser juzgado, si no se quiere ser intimidado, si no se quiere ser dañado, no lo hagamos. Porque con solo tirar una ficha de dominó, el resto de fichas puestas en fila empiezan a caer sin que se pueda evitar.

Seamos un poco más valientes. Aprendamos a ser nosotros mismos y, al mismo tiempo, dejemos que el resto de personas se exprese. Porque no es algo de una sola persona. Nosotros somos todos. Lancémonos a nuestra aventura y permitamos que los demás puedan dejar fluir su interior sin sufrir un intenso dolor.

Ana C.

domingo, 10 de mayo de 2015

Capricho y casualidad



El capricho de la casualidad. Una hoja abandona el árbol donde creció y el viento  la arrastra hasta un riachuelo, donde la corriente se la lleva lejos. Eso, eso es una casualidad. Porque esa hoja no debería estar donde la lleve. Esa hoja no debería haber ido más allá.

Cómo es la vida. Tan caprichosa, tan inesperada, tan impactante. Nunca sabes lo que te va a tocar, ni lo que va a venir. Tampoco sabes cómo vas a actuar porque, al fin y al cabo, cada día que vivimos nos cambia algo de nuestra propia personalidad. Nos formamos hasta el día que morimos. Es inevitable.

Y tal vez aquella tempestad que un tiempo viviste reine en ti por el resto de tu existencia.

Quién sabe. Es cierto, no se sabe. No podemos tener certeza de que no vamos a caer por equivocación o casualidad en un riachuelo que nos arrastre hasta un lugar mucho más lejano de lo que nuestra mente alcanzaba antes.

Ana C.

Reivindicante

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