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viernes, 6 de junio de 2014

Un ángel

Imagínate, por un momento, que ves a un ángel. Imagínatelo como más prefieras.
¿Qué aspecto tendría? ¿Sería hombre o mujer? ¿Alto o más bien bajo? ¿Su cabello tendría caprichosos rizos dorados, o tal vez una larga y lacia cascada negra cual pluma de cuervo? ¿Cómo sería? ¿Su rostro sería delicado y su piel blanca como la porcelana, o sus facciones serían tan bruscas que creerías que podrías escalar en ellas agarrándote a los huecos de sus mandíbulas? Sus ojos, ¿serían azules, dorados, negros? Y qué habría de sus alas, ¿blancas, negras, plateadas?
En definitiva, ¿cómo lo ves?
Hablemos de su personalidad. ¿Sería alguien bueno o alguien malévolo? ¿Socorrería, incordiaría o sería completamente indiferente ante todo? ¿Frío o cálido? O bipolar, ¿por qué no? Tal vez fuese un falso. O quizá simplemente inseguro. También podría ser que se tratase del ser más seguro de sí mismo en toda la existencia angélica.
Es decir, ¿cómo lo sientes?
El caso es... ¿qué haría luego el ángel? ¿Te miraría con sus bellos e impactantes ojos, o acaso los tendría cerrados? ¿Te hablaría? ¿Y cómo sería su voz si lo hiciese? ¿Musical, dulce, áspera, grave, aguda?
Osea, ¿cómo reaccionaría?
Entonces, ¿qué harías tú si te encontrases a esa figura ante ti? ¿Serías capaz de hablar con la imagen que tú mismo has creado, es decir, con tu mismo yo, único e inigualable? Porque, con toda probabilidad, tu ángel sería completamente distinto al mío. Quizá el mío tuviese la piel azul. ¿Y por qué no son ambos ángeles idénticos si ambos somos "personas"?
Si cada uno es distinto... ¿por qué nos llaman a todos "personas"? Como si fuésemos iguales, como si perteneciésemos a una especie de secta. 

Si cada uno es distinto... ¿por qué nos etiquetan como una sola cosa en conjunto?



Ana C.

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